A diferencia de otros fundadores de religiones, Jesús no dejó a la posteridad nada escrito.
Su mensaje fue exclusivamente oral y se dirigió a todos los que quisieron oírle, especialmente
al círculo restringido de sus apóstoles y discípulos, quienes a su vez lo trasmitieron por la
predicación a las pimeras comunidades cristianas.
Es a partir de la mitad del siglo I cuando este mensaje oral empieza a cristalizarse en la forma
escrita que conocemos como evangelios. Dos de ellos, los de San Mateo y San Juan, fueron
escritos por testigos directos de la predicación de Jesús; los otros dos, los de San Marcos y
San Lucas, por testigos indirectos, que para ello recabaron la información de otros apóstoles.
Cada uno de estos evangelios fue escrito, además, para comunidades distintas (cristianos de
procedencia judía, gentil o helenística), sin que por lo general traspasaran, en punto a
utilización y conocimiento, los límites de esas comunidades hasta mucho timepo después: sólo a
finales del siglo II tenemos constancia por el testimonio de Irineo de Lyon de la validez
general de los cuatro evangelios.
De esta simbiosis entre tradición oral y escrita surgieron a finales del siglo I y sobre todo
en el decurso del II al margen o dependientes de los cuatro evangelios, numerosos escritos de
mayor o menor extensión que recogían dichos y sentencias dispersas de Jesús y que en algunos
casos llegaron a adoptar la forma de "pseudo-evangelios".
La proliferación de esta clase de literatura fue extraordinaria en lo que concierne a los
evangelios, pero pronto se extendió también a otros géneros literarios relacionados con los
apóstoles en el plano histórico, epistolar y apocalíptico.
Con el intento de aclarar ciertos puntos oscuros en la tradición evangélica (por ejemplo el
que se refiere a la virginidad de María), y de satisfacer la curiosidad general por conocer
más detalles acerca de la infacia de Jesús, surgió ya a fines del siglo II bajo el título
de Historia de Santiago uno de los apócrifos que han ejercido mayor influencia en la
posteridad, el llamdo "Protoevangelio de Santiago".
La multiplicación de escritos pseudoepígrafos influyó notablemente en la formación del Canon
del Nuevo Testamento, ya que con su presencia evidenciaban tales escritos la necesidd de
fijar un "canon" de los libros que se consideraban como portadores auténticos de la revelación
(evangelios, epístolas, hechos de los apóstoles, apocalipsis), y de excluir todos aquellos que
ursupaban el nombre y la autoridad apóstolica para difundir sus propias ideas. Este proceso
fue largo y no exento de contradicciones, hasta que en el siglo IV quedó definitivamente
fijado en 27 el número de libros que integran el Nuevo Testamento.
La exclusión de toda esta literatura marginal que esta definición llevaba consigo intridujo
un nuevo significado en el término de "apócrifo", que desde entoces se utilizó en el sentido
de "escrito espurio", "no auténtico" como contrapartida a lo "canónico".
El número de apócrifos que han llegado hasta nosotros en estado fragmentario o completo, ya en
su lengua original, ya en versiones y reelaboraciones posteriores, es muy considerable.
El Protoevangelio de Santiago es la narración más antigua en torno al nacimiento de Jesús y
de una de las que más influencia han ejercido en la posteridad. El título de
Protoevangelio no es original (data del siglo XVI), pero así sigue llamándose a
este apócrifo para distinguirlo de otras composiciones de contenido parecido.
El Protoevangelio de Santiago hay que datarlo por lo menos en la segunda mitad del siglo II,
ya que escritores como Orígenes y Clemente de Alejandría, que vivieron entre finales del
siglo II y principios del siglo III, atestiguan su existencia.
El evangelio del Pseudo Mateo lejos de ser un escrito homogéneo, es en realidad esta
composición un mosaico con abundantes préstamos del Protoevangelio, del
Evangelio de Tomás y de diversas leyendas de la infancia.
Entre los detalles peculiares del Pseudo Mateo que más se han afianzado en la tradición
latina figura la escena de Jesús recién nacido, adorado en el establo por el
buey y la mula.
No parece arriesgado datar su composición alrededor del siglo VI, debido al lenguaje un
tanto bárbaro que se expresa.
Entre las muchas narraciones apócrifas que difundieron leyendas protoevangélicas en Occidente
descuella, por sus abundantes rasgos de originalidad, el Liber de infantia Salvatoris,
o Libro de la Infancia del Salvador.
El contenido del escrito delata ciertamente al evangelio de Pseudo-Mateo como una de las
fuentes principales de inspiración, pero su autor no se contenta con trasmitir el mensaje
apócrifo, sino que lo somete a una reelaboración personal. Todo ello en un estilo fluido
y elegante que hace olvidar la artificiosa ingenuidad de los apócrifos antiguos y que
parece más propio de un erudito compilador carolingio (siglo IX).
El evangelio de Pseudo Tomás es una colección de dichos que se ponen en boca de Jesús,
es un apócrifo de la infancia, en que se inserta una larga serie de milagros o hechos
portentosos atribuidos al niño Dios.
No se trata de una narración orgánica que sirva de soporte a un mensaje concreto, como es
el caso del Protoevangelio, sino de una concatenación de episodios sin otro nexo entre sí
que el que da el cuadro general en que vienen enmarcados: la infancia de Jesús desde los
cinco a los doce años.
Uno de los apócrifos que más claramente delatan el carácter compilatorio de escritos
posteriores que utilizan como fuente de inspiracion, es el llamdo "Evangelio Árabe de
la Infancia".
El que este apócrifo no pudo escribirse con anterioridad al siglo VI parece confirmarlo otros
episodios, como el de la "Historia del mulo", inspirada con toda seguridad en la Historia
Lausíaca de Paladio (siglo V), donde se cuenta cómo un jumento quedó convertido en mujer
gracias a las oraciones de Macario, el egipcio.
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Última modificación realizada: 12 - Abril - 2008
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